Durante el día, el espejo del pasillo parecía un objeto común: devolvía abrigos, visitas apresuradas y el rostro de Clara cuando salía tarde para el trabajo. Pero al caer la noche, cuando la casa quedaba en silencio, el vidrio respiraba.
Del otro lado había otro pasillo, otra casa y otra Clara.
Allí, sin embargo, las puertas conducían a habitaciones que no existían en este
mundo. En una se amontonaban todas las palabras que ella había callado; en otra
dormían los gestos que nunca se atrevió a hacer. Las paredes estaban cubiertas
por calendarios sin fechas, y los relojes caminaban hacia atrás para rescatar
minutos perdidos.
La Clara del espejo se levantaba cada madrugada unos
segundos antes que la verdadera. Apoyaba la palma contra el cristal y
aguardaba. Durante años, Clara creyó que aquel leve desfase era sueño o
cansancio, hasta que una noche vio que su reflejo no imitaba su mano: escribía
con el dedo sobre el vaho.
No me dejes sola.
Clara retrocedió. Del otro lado, su doble también, pero
demasiado tarde. Por primera vez pudo verla con claridad: tenía el mismo rostro
y una vida distinta en los ojos. Llevaba el cabello corto, una cicatriz en la
ceja y en la mano sostenía una llave.
La llave giró en una cerradura invisible. El espejo se abrió
sin ruido, como una puerta hecha de agua quieta. Un aire frío cruzó el pasillo
y trajo olor a lluvia, a libros viejos y a una infancia que Clara apenas
recordaba.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Clara.
—Todo lo que no elegiste —respondió la otra—. Y todo lo que
todavía podés elegir.
Clara cruzó. Recorrió cuartos llenos de músicas abandonadas,
cartas jamás enviadas y viajes detenidos antes de empezar. Comprendió que aquel
lugar no guardaba una vida mejor, sino todas sus vidas posibles. Algunas eran
luminosas; otras, terribles. Ninguna estaba completa.
Cuando amaneció, el espejo volvió a ser un rectángulo dócil
sobre la pared. Clara estaba frente a él, pero algo había cambiado: su reflejo
ya no se adelantaba ni se demoraba. Ambas sonrieron al mismo tiempo.
Esa mañana, Clara llamó al trabajo, dijo que no iría y abrió
la puerta de su casa. Afuera, la ciudad parecía la de siempre. Sin embargo,
mientras bajaba las escaleras, detrás del vidrio quedó encendida una habitación
que antes estaba a oscuras.
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