El aire fresco de las Sierras Grandes traía el aroma dulce de los pinos y la tierra húmeda de La Cumbrecita. Tras un largo día de cabalgata por los senderos de piedra, el campamento en la base de la montaña finalmente descansaba bajo un manto espeso de estrellas.
Nicolás Alerci había demostrado ser el guía perfecto: enjuto, de manos firmes y una amabilidad genuina que camuflaba con el rigor justo para guiar a los caballos por el terreno escarpado. Durante el trayecto, su atención se dividió entre asegurar la diversión del pequeño hijo de Verónica, de apenas seis años, y cruzar miradas cómplices con la propia Verónica. La jornada no había estado exenta de tensiones; la llegada inesperada de Valeria —la exnovia de Nicolás— junto a su madre al mismo contingente turístico había sembrado silencios incómodos durante la tarde. Sin embargo, el profesionalismo y la calidez de Nicolás mantuvieron la armonía del grupo.
Después de un asado espectacular que él mismo cocinó a la leña, el grupo se fue retirando a sus carpas. Valeria y su madre se despidieron con cortesía, la amiga de Verónica entró a descansar junto al niño, y el bullicio de la cena se transformó en un silencio sagrado.
Verónica, acostumbrada a la precisión minuciosa de su profesión como oftalmóloga, descubrió esa noche que sus ojos nunca habían visto algo tan nítido y real como el perfil de Nicolás recortado por el fuego. Se acercó a la fogata, donde el guía acomodaba las últimas brasas.
—Tiene magia este lugar, Nicolás —dijo ella en voz baja, rompiendo el hielo.
Nicolás levantó la vista y sonrió, suavizando las líneas de su rostro curtido por el viento de la montaña.
—La magia la trae quien sabe mirar, Verónica. Y tus ojos ven más allá de lo evidente —respondió él, dando un paso hacia ella.
La tensión del día, los celos abstractos de la tarde y la distancia de la ciudad se evaporaron en un segundo. Nicolás acortó la distancia que los separaba, extendió su mano ruda pero increíblemente suave, y delineó la mejilla de Verónica. Ella no retrocedió; al contrario, buscó el calor de su palma.
El beso nació de la necesidad de sellar lo que sus miradas ya habían confesado entre los valles. Fue un beso lento, profundo, con el gusto del fuego y la promesa del viento serrano. Al separarse apenas unos milímetros, todavía respirando el mismo aire, Nicolás la miró con una fijeza absoluta.
—No sé qué depare el regreso a la rutina —susurró él, tomándole las manos—, pero desde hoy, en esta cumbre o donde estés, prometo serte incondicional.
Verónica sonrió, con el corazón latiendo al compás de la noche alpina, sabiendo que su viaje apenas comenzaba.
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