El Nautilus avanzaba como una sombra de acero bajo la piel inquieta del mar, dejando atrás las aguas conocidas y internándose en una ruta que parecía escrita por las estrellas. Kurten permanecía junto al ventanal de observación, con los brazos cruzados y la mirada fija en la inmensidad azul que se abría ante ellos. A su lado, Krilea seguía el lento desfile de peces luminosos y corrientes profundas, maravillada por aquel mundo silencioso que respiraba lejos del sol.
—Alejandría —murmuró ella, como si pronunciar el nombre bastara para convocar sus torres, sus bibliotecas perdidas y sus mercados perfumados de especias—. Siempre creí que era una ciudad hecha más de memoria que de piedra.
Kurten sonrió apenas. Había oído ese nombre muchas veces, en mapas descoloridos y relatos de marineros que hablaban de faros imposibles, de sabios desaparecidos y de puertas ocultas bajo la arena. Pero ahora Alejandría no era una leyenda distante: era el punto hacia el cual vibraban las brújulas del Nautilus, el destino que aguardaba más allá de las aguas del Mediterráneo.