El Nautilus emergió al amanecer, cuando el cielo sobre Alejandría comenzaba a teñirse de cobre y azul. Kurten permanecía en la cubierta superior, con una mano apoyada sobre la baranda húmeda y la mirada fija en la línea de la costa. La ciudad se levantaba ante ellos como una aparición antigua: columnas medio enterradas por la bruma, torres nuevas que brillaban bajo el sol naciente y un puerto lleno de voces, velas y motores.
Krilea salió detrás de él, abrochándose la capa de viaje. Durante días habían cruzado aguas inciertas, siguiendo mapas incompletos y señales que parecían cambiar cada vez que alguien intentaba leerlas. Sin embargo, al ver Alejandría, ambos supieron que habían llegado al punto exacto. Algo en aquella ciudad los esperaba.
Descendieron del Nautilus al muelle principal y avanzaron entre comerciantes, marineros y guardianes vestidos con túnicas claras. No buscaban tesoros, ni reliquias, ni promesas de poder. Buscaban una pieza mencionada apenas en los fragmentos del Legado de Door: un objeto capaz de sostener, unir y recordar los hilos rotos de la historia.
La encontraron en una cámara subterránea bajo los restos de una biblioteca olvidada. Estaba suspendida dentro de un círculo de piedra negra, protegida por símbolos que ninguno de los dos había visto antes. No era grande: cabía entre las manos de Kurten. Pero al acercarse, el aire cambió. Las antorchas dejaron de parpadear, el polvo quedó inmóvil y el silencio pareció hacerse sólido.
—El núcleo de continuidad —susurró Krilea, con una mezcla de asombro y respeto.
Kurten no respondió de inmediato. Extendió las manos y, cuando sus dedos tocaron la superficie del núcleo, una corriente tibia le recorrió los brazos. Vio destellos: ciudades que no conocía, caminos que se desdoblaban, voces antiguas llamándolo por nombres distintos. Luego todo desapareció, y solo quedó la pieza brillando con una luz suave, como si respirara.
Al regresar al Nautilus, Kurten y Krilea apenas pudieron contener la emoción. Sobre la mesa de navegación desplegaron cartas marítimas, anotaciones viejas y una brújula de cristal que reaccionaba al brillo del núcleo. La aguja no señalaba el norte: apuntaba hacia una isla marcada con tinta verde, rodeada por advertencias escritas en idiomas casi borrados.
—Ompa Isar —dijo Krilea, inclinándose sobre el mapa—. Si las leyendas son ciertas, allí podremos estabilizarlo.
Kurten sonrió por primera vez desde que habían entrado en Alejandría. No era una sonrisa de alivio, sino de propósito. Habían encontrado una pieza que podía cambiarlo todo, pero también habían comprendido que no les pertenecía. Debían llevar el núcleo de continuidad hasta Ompa Isar antes de que su energía comenzara a alterar los caminos del tiempo.
La ruta no sería sencilla. Entre Alejandría y la isla se extendían corrientes traicioneras, bancos de niebla y arrecifes que aparecían solo durante la marea baja. Aun así, Krilea ya calculaba provisiones, turnos de guardia y posibles refugios. Kurten, por su parte, revisaba el compartimento donde guardarían el núcleo durante la travesía.
Antes de partir, ambos acordaron una última condición: al llegar a Ompa Isar no irían directamente al santuario señalado en los mapas. Primero buscarían la cueva de las mareas quietas, un refugio natural donde podrían reponer fuerzas, curar el cansancio del viaje y escuchar, lejos de todo ruido, lo que el núcleo intentara revelarles.
Cuando el Nautilus abandonó el puerto de Alejandría esa misma noche, la ciudad quedó atrás como una constelación terrestre. Kurten y Krilea permanecieron juntos en la proa, observando el camino oscuro que se abría sobre el mar. Entre ellos, guardado en silencio, el núcleo de continuidad latía con una luz constante, como si supiera que su verdadero viaje acababa de comenzar.