Martina, Flopi, Agu y las tres linternas mágicas
de Daniel Bonfi
Al llegar el ocaso en el cálido atardecer Martina entró a la casa. Preparó
una ensalada de verduras frescas y crudas para la cena, que compartió con
sus hermanos Agu y Flopi. Los tres dieron su opinión del viaje que estaban
planificando.
Agu pensaba que debían llevar poco equipaje personal y dejar más lugar
para los víveres y para cargar la carpa que por tener capacidad para tres
personas era algo grande.
Flopi opinó que las comidas debían ser en su mayoría enlatadas o en cajas
larga vida como por ejemplo la leche. Comidas frescas, dijo, no podrían
llevar porque no tendrían como conservarlas.
Martina estuvo de acuerdo con las opiniones de sus hermanos y agregó que
sería bueno reservar con anticipación los boletos del tren que los llevaría a
destino con el fin de no retrasar la partida.
Los tres estaban muy entusiasmados soñando con los amaneceres,
atardeceres, algunos almuerzos y las noches que pasarían en el lugar.
Seguro que voy a tener el mejor amanecer en años, con cálidos colores,
libre de nubes y un espectacular reflejo en el mar, predijo Martina. Agu,
agregó que él estaba convencido que lo mejor iban a ser los atardeceres que
simularían lo dorado y brillante de los otoños. Y Flopi comentó que ella
esperaba poder disfrutar de la preparación de ricos almuerzos y cenas al
abrigo de una fogata. De la noche todos tenían malos presentimientos.
Tenían miedo.
Llegó el día, todo preparado y al fin estaban en la estación de trenes
esperando que llegara el que los transportaría a través de la cadena
montañosa.
Minutos más tarde estaban despachando el equipaje y un rato después tras
subir tres escalones ya estaban a bordo del tren. Se sentaron en asientos
enfrentados entre si. Había cuatro lugares para sentarse de los cuales
ocuparon tres ellos y en el cuarto se ubicó un pasajero de unos cincuenta
años y aspecto extraño. Tenía barba muy recortada y cabello rapado. Era un
hombre como de cien kilos, no muy alto y fumaba cigarros cubanos. Tenía
en sus manos un mapa, trazado sobre un papel gastado y amarillento, el
cuál comenzó a observar con detenimiento ni bien alcanzó a sentarse. Y es
por esto que los niños pensaban sobre todo que tenía un aspecto extraño.
No habían podido reconocer el mapa, y parecía éste, contener una
simbología rara al conocimiento poseído por los tres. Los chicos sólo
atinaron a mirarse y no se atrevieron a iniciar conversación alguna. Y así
fue todo el trayecto. El hombre tampoco les dirigió la palabra.
Al llegar, el tipo guardó el mapa con premura y mal doblado en su equipaje
de mano y descendió con rapidez del tren. Los chicos notaron que en el
suelo había caído un objeto que levantaron y quisieron alcanzar al hombre
pero al bajar del tren no pudieron dar con él. Bajaron su equipaje y luego
de caminar unos metros, ya más descampado, les dio curiosidad observar
de qué se trataba aquél objeto. Lo miraron de un lado y del otro. Parecía
una extraña brújula, sólo que tenía tres direcciones y no parecía marcar
ningún punto cardinal. Extrañados y sin determinar que era, lo guardaron y
siguieron con la caminata, internándose en el bosque solitario.
La lluvia no tardó en caer. Estaba muy nublado desde que salieron y
cuando comenzaron a internarse en el bosque con el previo anuncio de
unos relámpagos y truenos, comenzó a llover. Se protegieron del agua y del
viento en una cueva pequeña que estaba excavada al pie de una montaña.
No muy lejos se escuchaba la corriente del río. Parecía caudaloso por el
rumor estruendoso que provocaba el paso del agua siguiendo su curso.
Tuvieron que esperar, los niños, una hora y media para que dejara de
llover. Mientras, habían estado sentados sobre la tierra dentro de la cueva y
apoyados en el equipaje. Por apenas unos centímetros el agua no alcanzó a
mojarlos.
Salió el sol. Los chicos estaban contentos al punto que se abrazaron y
empezaron a saltar dando círculos en la tierra ablandada por el agua caída.
Esperaron una hora mientras bebieron una caja de leche chocolatada y
comieron unas galletitas de cereales con pasas de uva. Cuando la tierra secó
por el intenso sol, con apuro porque ya amenazaba el ocaso, armaron la
carpa con capacidad para tres personas. La mayoría de los víveres
decidieron dejarlos en la cueva donde se cobijaron de la lluvia, para
mantenerlos a resguardo y los cubrieron con una lona impermeable que a la
vez los protegería de las inclemencias del tiempo y haría de aislante
térmico.
Para cenar abrieron dos latas de atún al natural y dos latas de arvejas. De
postre por unos días iban a tener frutas frescas. Luego explorarían el
bosque para ver si había alguna planta con frutos comestibles.
Cuando oscureció demasiado para ver algo, los niños decidieron acostarse a
dormir y se despidieron hasta el día siguiente, ya que no contaban con
sistema de iluminación más que tres linternas de mano y había que dejarlas
para uso de emergencias que pudieran presentarse.
En la primera mañana que despertaron en el bosque, a la hora más
temprana del amanecer, encendieron un pequeño fuego luego de juntar leña
y prepararon allí su desayuno. Calentaron leche que luego mezclaron con
café y esa vez lo acompañaron con galletitas dulces. Tenían apetito,
comieron todo el paquete de quinientos gramos.
Ya habiendo saciado el hambre, se pusieron a contemplar una vez más la
extraña brújula. Estaba guardada en una caja pequeña en forma de cubo con
una tapa en forma de cofre. La sacaron de allí y la contemplaron. Era
redonda, de algún material similar al bronce, una esfera vidriada en cuyo
interior había tres puntos que si uno uniera con una prolongación
imaginaria de líneas rectas formaría un triángulo equilátero. Cada punto era
una letra impresa sobre relieve. Eran una a, una f, y una m. Ninguno
entendía su significado y tampoco imaginaban siquiera para que serviría el
aparato. Decidieron guardarla otra vez y mantenerla segura hasta averiguar
el paradero del dueño.
El hombre que perdió la brújula, no la había perdido. Su interés fue con
exactitud que los niños la obtuvieran. El plan resultó perfecto. Esteban
Girico logró que los niños se hicieran con la brújula.
Los chicos estaban en el campamento cambiando ideas acerca que podría
ser el misterioso cuadrante perdido por aquél hombre de barba recortada.
Recordando su aspecto los niños supusieron que podría tratarse de un
arqueólogo.
Agu quedó cuidando la carpa y los víveres y Martina y Flopi bajaron hasta
la estación de trenes para preguntar si alguna persona había reclamado el
objeto perdido que ellos tenían en posesión. El encargado de la oficina les
aseguró que nadie concurrió a buscar ninguna pertenencia extraviada desde
hacía una semana. No le dio importancia a la brújula y les dijo que se la
quedaran.
Las niñas volvieron a la carpa y le contaron a Agu que no consiguieron
obtener datos sobre a quién pertenecía aquél raro objeto. Los tres
decidieron realizar una caminata y por las dudas los tomara por sorpresa la
noche decidieron llevar las tres linternas que les había regalado su abuelo a
cada uno cuando nacieron.
El paseo resultó sobrecogedor; llegaron hasta el borde de un acantilado y
contemplaron largo rato la puesta de sol.
Comenzaron a desandar el camino recorrido a las primeras horas de la
noche, que era fresca y estrellada. Tenía Agu una campera de jean, Flopi y
Martina, en cambio habían decidido llevar un abrigo de polar. Rosa el de
Martina y rojo fuerte el de Flopi.
Como la luna estaba clara no necesitaron encender las linternas que las
cuidaban como objetos muy preciados porque el abuelo, a medida que
fueron creciendo les contó diversas historias y anécdotas acerca de dichas
linternas. Tenían un valor simbólico muy especial para los tres aunque
nunca supieron explicar por qué.
El regreso a la carpa fue tranquilo y amigable. Vinieron en los últimos
pasos planeando la cena que al final fue arroz frito y revuelto con hongos.
A Flopi le gustaba mucho cocinar, a Martina le gustaba elegir y combinar
los ingredientes de las distintas recetas y Agu disfrutaba saborear la cocina
de sus hermanas, y después de las comidas dedicaba un tiempo que
compartían entre los tres para dejar todo en orden y limpio.
Esteban Girico estaba observando la actividad de los niños a la hora del
desayuno tras una roca de tamaño grande. Los miraba entrar y salir de la
carpa y cómo iban a buscar los chicos los alimentos a la cueva de la
montaña. Se preguntaba si tendrían lo que él estaba buscando y quería
obtener de ellos.
Los niños calentaron su café con leche de caja sobre una pequeña fogata y
lo acompañaron con unos biscochitos secos que permanecieron en esos días
previos cerrados al vacío. Habían juntado frutas en el bosque el día
anterior. Las probaron, entonces, para concluir con el desayuno. Tenían un
sabor muy dulce las bananas y las naranjas eran muy jugosas.
Luego que el sol marcaba la media mañana juntaron unas pocas cosas y
salieron de expedición al bosque.
Esteban Girico aprovechando la soledad del campamento entró y revisó
muy bien la carpa revolviendo y desordenando todas las pertenencias de los
niños. No halló nada que le interesara. Luego fue a la cueva de los víveres,
y después de husmear entre éstos, se dio por vencido y regresó a su
escondite, unos metros más arriba de donde se encontraba la carpa, detrás
de la gran roca. Necesitaría observar con cuidado los movimientos de los
chicos cuando regresaran.
Los niños volvieron a la noche, pasada las veintidós horas. Cargaban unas
frutas y algunos hongos y alumbraban su camino con las tres linternas.
Cuando llegaron a la carpa, notaron enseguida que estaba el cierre abierto y
tras una mirada adentro notaron el tremendo revoltijo que había.
¡Ladrones!, dijeron. Pero luego quedaron desconcertados al comprobar que
no les faltaba nada. Ya no sabían de que se trataba todo aquello.
A Esteban Girico se le iluminaron sus ojos malignos al ver que los niños
tenían las tres linternas mágicas. Se abalanzó sobre ellos amenazándolos
con golpearlos si no hacían lo que el les pediría. Les ordenó sacar la
brújula, y alumbrar cada uno con su linterna los puntos escritos en el
cuadrante. Agustín alumbró la a con su linterna, Flopi hizo lo mismo con la
f, y Martina con la m. En el mismo instante en que los tres puntos
estuvieron iluminados con las tres linternas, se dibujó delante de ellos un
pequeño mapa, que en apariencia señalaba la ubicación de un antiguo
tesoro situado en la misma montaña en la que los chicos habían acampado.
Girico les ordenó caminar hacia la otra ladera de la montaña. Los niños
iban cabizbajos y él canturreaba una horrible canción cuya letra hacía
referencia a unos chicos devorados por la oscuridad. Los tres pequeños
iban por delante alumbrando con sus linternas el camino y a corta distancia
venía Girico iluminando la oscuridad con un farol a kerosén que daba
mucha luz.
Cuando llegaron al lugar el mal hombre hizo que los chicos iluminaran con
sus respectivas linternas una a, una f, y una m que estaban grabadas sobre
relieve en la roca de la montaña. Las luces atravesaron la pared de piedra y
devolvió un reflejo que resultó enceguecedor para Girico y éste empezando
a retorcer su cabeza y tapándose los ojos con las manos cayó al suelo
aturdido por la potente luz. Los niños, en cambio vieron un tierno reflejo de
su abuelo que les decía que eran los elegidos para cuidar la brújula, y las
tres linternas mágicas que les otorgarían las respuestas ante las preguntas
que se les fueran presentando en la vida. Martina, Flopi y Agu se abrazaron
emocionados con un ligero temblor en las piernas y con algunas lágrimas
en los ojos.
Maniataron a Esteban Girico quién estaba totalmente indefenso por la
magia de las linternas que habían obrado en su contra debido a que era un
mal hombre