En un lago
al amanecer, dos buzos en una lancha pequeña con motor fuera de borda estaban
terminando de vestir su anatomía con neoprene para sumergirse. Tubos de oxígeno
tenían dos cada uno.
La inmersión
era inminente, el objetivo tal vez dispar. Estaban buscando el lugar de un
pequeño naufragio. Roque y Daniel se pusieron de pie luego de colocar sus patas
de rana en sus pies.
El lago era
amigable pero muy, muy, oscuro. El equipo constaba de traje de neoprene, patas
de rana, linterna de mano, dos tubos de oxígeno, máscara facial para proteger
la nariz y los ojos, También tenían un reloj cada uno.
Los
objetivos eran dos. El primero encontrar el plano guardado en un compartimiento
hermético, plano de un tesoro oculto en una de las orillas. Y el otro era
rescatar los enseres de los marinos que sufrieron el hundimiento de su lancha,
Sentados y
de espalda con un pequeño balanceo hacia atrás se sumergieron los dos buzos
entrenados para nadar en aguas oscuras.
Tres metros
de inmersión y pasaron a tener una visibilidad de 20 cm.
Surgió
desde el abismo acuático un reflejo blanco potente que lo divisaron desde seis
metros antes de llegar a la nave hundida. Se trataba de la “Esfera del Yetrew”
el guardián de los bosques. Los buzos se arrimaron a él y éste con un gesto
delicado le alcanzó el recipiente hermético con los citados planos.
El Yetrew
surgió del fondo a la superficie del lago, atrayendo a los buzos hacia arriba
con el vacío provocado.
Luego de
mirar el mapa del tesoro navegaron el bote hacia la orilla. Subieron a tierra y
a ciento veintitrés metros encontraron un monolito que tenía el “brote sagrado”.
Emocionados le entregaron al Yetrew y él al tocarlo fecundó de verde prístino
toda la isla del “espíritu del bosque”
FIN
DANIEL
BONFI