domingo, 20 de septiembre de 2026

Juanita y el cabrestante dorado

 El viento de la mañana inflaba las velas del pequeño velero como si fueran alas recién despertadas. La nave, ligera y blanca, se deslizaba sobre el agua con la elegancia de los barcos de yachting que Juanita había visto en los puertos, aunque este tenía algo que ninguno de aquellos poseía: un cabrestante de oro junto a la cabina, brillante incluso bajo las nubes. 

Juanita lo había descubierto al amanecer, cuando la luz tocó el metal y reveló unas marcas en relieve. No eran simples adornos: formaban números, líneas y letras diminutas, como si alguien hubiera escondido un secreto en el oro. Al pasar los dedos por el tallado, sintió un cosquilleo tibio. Entonces leyó la única palabra clara, grabada en el borde: “Noreste”. 

—Si el mar escribe un mensaje, lo menos que podemos hacer es escucharlo —murmuró Juanita, ajustando el timón. 

Viró la proa hacia el noreste. El velero respondió con un crujido suave, y el cabrestante dorado comenzó a girar solo, sin cuerda que lo empujara ni mano que lo moviera. Cada vuelta soltaba un destello sobre la cubierta, y cada destello marcaba una dirección en el agua, como un camino de monedas hundidas. 

Durante horas, Juanita navegó entre ráfagas juguetonas y olas que parecían querer contarle historias. A veces el horizonte desaparecía detrás de una bruma plateada; otras, las gaviotas seguían la embarcación como mensajeras curiosas. Aunque el velero era pequeño, avanzaba con una seguridad imposible, guiado por aquellas coordenadas que parecían conocer un mapa más antiguo que cualquier carta náutica. 

Al caer la tarde, apareció una playa luminosa, ancha y elegante, parecida a Punta del Este: arena clara, edificios lejanos que brillaban como velas de piedra y un puerto lleno de mástiles finos. El aire olía a sal, verano y misterio. Juanita dejó caer el ancla cerca de la orilla y bajó con los pies descalzos, todavía sintiendo en la palma el relieve secreto del cabrestante. 

Fue allí donde conoció a Marti Soles. Estaba sentada sobre una roca lisa, con una mochila de lona y un sombrero que tenía una cinta azul. No pareció sorprenderse al verla llegar; al contrario, levantó la mano como si la hubiera estado esperando desde hacía días. 

—Llegaste siguiendo el oro —dijo Marti Soles—. Entonces el cabrestante te eligió. 

Juanita sintió una mezcla de emoción y cansancio. Había pasado todo el día obedeciendo señales extrañas, y por primera vez alguien parecía entenderlas. Marti abrió la mano y mostró un anillo antiguo, de metal oscuro en los bordes y dorado en el centro. Lo llamó el Nantier. 

—Tiene propiedades mágicas —explicó—, pero no concede deseos. Más bien revela el rumbo que una persona necesita, aunque no siempre sea el rumbo que esperaba. 

Juanita tomó el anillo con cuidado. Al girarlo bajo la luz, se quedó sin aliento: el tallado del Nantier era igual al del cabrestante dorado. Las mismas líneas, las mismas curvas, las mismas pequeñas coordenadas en relieve. Era como si el velero y el anillo hubieran sido hechos por la misma mano, o por la misma estrella. 

Marti Soles sonrió, tomó el Nantier y lo levantó hacia el sol poniente. Un rayo dorado atravesó el anillo y cayó sobre el cabrestante del velero. Entonces la cubierta tembló, las velas se inflaron sin viento y el ancla salió del agua como si pesara menos que una pluma. 

—No te asustes —dijo Marti, subiendo a bordo de un salto—. Algunas rutas no están sobre el mar. 

El velero se elevó lentamente. Primero dejó atrás las olas, luego la espuma, luego la playa parecida a Punta del Este, que se volvió pequeña y brillante debajo de ellas. Juanita se aferró a la borda, pero el miedo duró poco: el aire era suave, las velas respiraban como nubes, y el cabrestante dorado giraba en silencio, marcando un nuevo camino entre el cielo y el mar. 

Por primera vez en mucho tiempo, Juanita dejó de intentar controlar cada ola, cada ráfaga y cada pregunta. Se sentó junto a Marti Soles, miró el horizonte desde arriba y respiró hondo. El mundo seguía siendo inmenso, misterioso y cambiante, pero ya no parecía una amenaza. Parecía una aventura. 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Dos buzos y el Yetrew

 

En un lago al amanecer, dos buzos en una lancha pequeña con motor fuera de borda estaban terminando de vestir su anatomía con neoprene para sumergirse. Tubos de oxígeno tenían dos cada uno.

La inmersión era inminente, el objetivo tal vez dispar. Estaban buscando el lugar de un pequeño naufragio. Roque y Daniel se pusieron de pie luego de colocar sus patas de rana en sus pies.

El lago era amigable pero muy, muy, oscuro. El equipo constaba de traje de neoprene, patas de rana, linterna de mano, dos tubos de oxígeno, máscara facial para proteger la nariz y los ojos, También tenían un reloj cada uno.

Los objetivos eran dos. El primero encontrar el plano guardado en un compartimiento hermético, plano de un tesoro oculto en una de las orillas. Y el otro era rescatar los enseres de los marinos que sufrieron el hundimiento de su lancha,

Sentados y de espalda con un pequeño balanceo hacia atrás se sumergieron los dos buzos entrenados para nadar en aguas oscuras.

Tres metros de inmersión y pasaron a tener una visibilidad de 20 cm.

Surgió desde el abismo acuático un reflejo blanco potente que lo divisaron desde seis metros antes de llegar a la nave hundida. Se trataba de la “Esfera del Yetrew” el guardián de los bosques. Los buzos se arrimaron a él y éste con un gesto delicado le alcanzó el recipiente hermético con los citados planos.

El Yetrew surgió del fondo a la superficie del lago, atrayendo a los buzos hacia arriba con el vacío provocado.

Luego de mirar el mapa del tesoro navegaron el bote hacia la orilla. Subieron a tierra y a ciento veintitrés metros encontraron un monolito que tenía el “brote sagrado”. Emocionados le entregaron al Yetrew y él al tocarlo fecundó de verde prístino toda la isla del “espíritu del bosque”

FIN

DANIEL BONFI


lunes, 7 de septiembre de 2026

La vida dentro del espejo

 Durante el día, el espejo del pasillo parecía un objeto común: devolvía abrigos, visitas apresuradas y el rostro de Clara cuando salía tarde para el trabajo. Pero al caer la noche, cuando la casa quedaba en silencio, el vidrio respiraba.

Del otro lado había otro pasillo, otra casa y otra Clara. Allí, sin embargo, las puertas conducían a habitaciones que no existían en este mundo. En una se amontonaban todas las palabras que ella había callado; en otra dormían los gestos que nunca se atrevió a hacer. Las paredes estaban cubiertas por calendarios sin fechas, y los relojes caminaban hacia atrás para rescatar minutos perdidos.

La Clara del espejo se levantaba cada madrugada unos segundos antes que la verdadera. Apoyaba la palma contra el cristal y aguardaba. Durante años, Clara creyó que aquel leve desfase era sueño o cansancio, hasta que una noche vio que su reflejo no imitaba su mano: escribía con el dedo sobre el vaho.

No me dejes sola.

Clara retrocedió. Del otro lado, su doble también, pero demasiado tarde. Por primera vez pudo verla con claridad: tenía el mismo rostro y una vida distinta en los ojos. Llevaba el cabello corto, una cicatriz en la ceja y en la mano sostenía una llave.

La llave giró en una cerradura invisible. El espejo se abrió sin ruido, como una puerta hecha de agua quieta. Un aire frío cruzó el pasillo y trajo olor a lluvia, a libros viejos y a una infancia que Clara apenas recordaba.

—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Clara.

—Todo lo que no elegiste —respondió la otra—. Y todo lo que todavía podés elegir.

Clara cruzó. Recorrió cuartos llenos de músicas abandonadas, cartas jamás enviadas y viajes detenidos antes de empezar. Comprendió que aquel lugar no guardaba una vida mejor, sino todas sus vidas posibles. Algunas eran luminosas; otras, terribles. Ninguna estaba completa.

Cuando amaneció, el espejo volvió a ser un rectángulo dócil sobre la pared. Clara estaba frente a él, pero algo había cambiado: su reflejo ya no se adelantaba ni se demoraba. Ambas sonrieron al mismo tiempo.

Esa mañana, Clara llamó al trabajo, dijo que no iría y abrió la puerta de su casa. Afuera, la ciudad parecía la de siempre. Sin embargo, mientras bajaba las escaleras, detrás del vidrio quedó encendida una habitación que antes estaba a oscuras.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Cumbre del Amor

El aire fresco de las Sierras Grandes traía el aroma dulce de los pinos y la tierra húmeda de La Cumbrecita. Tras un largo día de cabalgata por los senderos de piedra, el campamento en la base de la montaña finalmente descansaba bajo un manto espeso de estrellas.
Nicolás Alerci había demostrado ser el guía perfecto: enjuto, de manos firmes y una amabilidad genuina que camuflaba con el rigor justo para guiar a los caballos por el terreno escarpado. Durante el trayecto, su atención se dividió entre asegurar la diversión del pequeño hijo de Verónica, de apenas seis años, y cruzar miradas cómplices con la propia Verónica. La jornada no había estado exenta de tensiones; la llegada inesperada de Valeria —la exnovia de Nicolás— junto a su madre al mismo contingente turístico había sembrado silencios incómodos durante la tarde. Sin embargo, el profesionalismo y la calidez de Nicolás mantuvieron la armonía del grupo.
Después de un asado espectacular que él mismo cocinó a la leña, el grupo se fue retirando a sus carpas. Valeria y su madre se despidieron con cortesía, la amiga de Verónica entró a descansar junto al niño, y el bullicio de la cena se transformó en un silencio sagrado.
Verónica, acostumbrada a la precisión minuciosa de su profesión como oftalmóloga, descubrió esa noche que sus ojos nunca habían visto algo tan nítido y real como el perfil de Nicolás recortado por el fuego. Se acercó a la fogata, donde el guía acomodaba las últimas brasas.
—Tiene magia este lugar, Nicolás —dijo ella en voz baja, rompiendo el hielo.
Nicolás levantó la vista y sonrió, suavizando las líneas de su rostro curtido por el viento de la montaña.
—La magia la trae quien sabe mirar, Verónica. Y tus ojos ven más allá de lo evidente —respondió él, dando un paso hacia ella.
La tensión del día, los celos abstractos de la tarde y la distancia de la ciudad se evaporaron en un segundo. Nicolás acortó la distancia que los separaba, extendió su mano ruda pero increíblemente suave, y delineó la mejilla de Verónica. Ella no retrocedió; al contrario, buscó el calor de su palma.
El beso nació de la necesidad de sellar lo que sus miradas ya habían confesado entre los valles. Fue un beso lento, profundo, con el gusto del fuego y la promesa del viento serrano. Al separarse apenas unos milímetros, todavía respirando el mismo aire, Nicolás la miró con una fijeza absoluta.
—No sé qué depare el regreso a la rutina —susurró él, tomándole las manos—, pero desde hoy, en esta cumbre o donde estés, prometo serte incondicional.
Verónica sonrió, con el corazón latiendo al compás de la noche alpina, sabiendo que su viaje apenas comenzaba.

 



martes, 11 de agosto de 2026

Kurten 2 - Capítulo 5

El Nautilus emergió al amanecer, cuando el cielo sobre Alejandría comenzaba a teñirse de cobre y azul. Kurten permanecía en la cubierta superior, con una mano apoyada sobre la baranda húmeda y la mirada fija en la línea de la costa. La ciudad se levantaba ante ellos como una aparición antigua: columnas medio enterradas por la bruma, torres nuevas que brillaban bajo el sol naciente y un puerto lleno de voces, velas y motores. 

Krilea salió detrás de él, abrochándose la capa de viaje. Durante días habían cruzado aguas inciertas, siguiendo mapas incompletos y señales que parecían cambiar cada vez que alguien intentaba leerlas. Sin embargo, al ver Alejandría, ambos supieron que habían llegado al punto exacto. Algo en aquella ciudad los esperaba. 

Descendieron del Nautilus al muelle principal y avanzaron entre comerciantes, marineros y guardianes vestidos con túnicas claras. No buscaban tesoros, ni reliquias, ni promesas de poder. Buscaban una pieza mencionada apenas en los fragmentos del Legado de Door: un objeto capaz de sostener, unir y recordar los hilos rotos de la historia. 

La encontraron en una cámara subterránea bajo los restos de una biblioteca olvidada. Estaba suspendida dentro de un círculo de piedra negra, protegida por símbolos que ninguno de los dos había visto antes. No era grande: cabía entre las manos de Kurten. Pero al acercarse, el aire cambió. Las antorchas dejaron de parpadear, el polvo quedó inmóvil y el silencio pareció hacerse sólido. 

—El núcleo de continuidad —susurró Krilea, con una mezcla de asombro y respeto. 

Kurten no respondió de inmediato. Extendió las manos y, cuando sus dedos tocaron la superficie del núcleo, una corriente tibia le recorrió los brazos. Vio destellos: ciudades que no conocía, caminos que se desdoblaban, voces antiguas llamándolo por nombres distintos. Luego todo desapareció, y solo quedó la pieza brillando con una luz suave, como si respirara. 

Al regresar al Nautilus, Kurten y Krilea apenas pudieron contener la emoción. Sobre la mesa de navegación desplegaron cartas marítimas, anotaciones viejas y una brújula de cristal que reaccionaba al brillo del núcleo. La aguja no señalaba el norte: apuntaba hacia una isla marcada con tinta verde, rodeada por advertencias escritas en idiomas casi borrados. 

Ompa Isar —dijo Krilea, inclinándose sobre el mapa—. Si las leyendas son ciertas, allí podremos estabilizarlo. 

Kurten sonrió por primera vez desde que habían entrado en Alejandría. No era una sonrisa de alivio, sino de propósito. Habían encontrado una pieza que podía cambiarlo todo, pero también habían comprendido que no les pertenecía. Debían llevar el núcleo de continuidad hasta Ompa Isar antes de que su energía comenzara a alterar los caminos del tiempo. 

La ruta no sería sencilla. Entre Alejandría y la isla se extendían corrientes traicioneras, bancos de niebla y arrecifes que aparecían solo durante la marea baja. Aun así, Krilea ya calculaba provisiones, turnos de guardia y posibles refugios. Kurten, por su parte, revisaba el compartimento donde guardarían el núcleo durante la travesía. 

Antes de partir, ambos acordaron una última condición: al llegar a Ompa Isar no irían directamente al santuario señalado en los mapas. Primero buscarían la cueva de las mareas quietas, un refugio natural donde podrían reponer fuerzas, curar el cansancio del viaje y escuchar, lejos de todo ruido, lo que el núcleo intentara revelarles. 

Cuando el Nautilus abandonó el puerto de Alejandría esa misma noche, la ciudad quedó atrás como una constelación terrestre. Kurten y Krilea permanecieron juntos en la proa, observando el camino oscuro que se abría sobre el mar. Entre ellos, guardado en silencio, el núcleo de continuidad latía con una luz constante, como si supiera que su verdadero viaje acababa de comenzar.

 


sábado, 1 de agosto de 2026

Kurten 2 - Capítulo 4

 

El Nautilus avanzaba como una sombra de acero bajo la piel inquieta del mar, dejando atrás las aguas conocidas y internándose en una ruta que parecía escrita por las estrellas. Kurten permanecía junto al ventanal de observación, con los brazos cruzados y la mirada fija en la inmensidad azul que se abría ante ellos. A su lado, Krilea seguía el lento desfile de peces luminosos y corrientes profundas, maravillada por aquel mundo silencioso que respiraba lejos del sol. 

—Alejandría —murmuró ella, como si pronunciar el nombre bastara para convocar sus torres, sus bibliotecas perdidas y sus mercados perfumados de especias—. Siempre creí que era una ciudad hecha más de memoria que de piedra. 

Kurten sonrió apenas. Había oído ese nombre muchas veces, en mapas descoloridos y relatos de marineros que hablaban de faros imposibles, de sabios desaparecidos y de puertas ocultas bajo la arena. Pero ahora Alejandría no era una leyenda distante: era el punto hacia el cual vibraban las brújulas del Nautilus, el destino que aguardaba más allá de las aguas del Mediterráneo. 


 


miércoles, 15 de julio de 2026

La colina del río Marrell


Agustín y Flopi habían escuchado hablar de la colina del río Marrell desde que eran chicos. Decían que, al caer la tarde, el agua cambiaba de color y reflejaba secretos antiguos, como si el río guardara historias que solo se animaba a contarle a quienes llegaban con el corazón atento.

Una mañana de cielo claro, los dos decidieron subir hasta la colina. Llevaban una mochila con mandarinas, una libreta para dibujar mapas imaginarios y una pregunta que ninguno se atrevía a decir en voz alta: ¿sería verdad que en lo alto vivía alguien capaz de escuchar al río?

El sendero era angosto y estaba cubierto de pasto dorado. A cada paso, el murmullo del Marrell se hacía más fuerte, hasta que parecía acompañarlos como una canción. Flopi fue la primera en verla: una chica sentada sobre una piedra lisa, con el pelo moviéndose al ritmo del viento y una sonrisa tranquila, como si los hubiera estado esperando.

—Soy Marti Soles —dijo ella, sin levantarse—. Y ustedes llegaron justo cuando el río está por contar algo importante.

Agustín miró a Flopi, sorprendido. Marti les explicó que la colina no era mágica porque hiciera aparecer tesoros ni puertas secretas, sino porque ayudaba a recordar lo que uno llevaba escondido adentro. El río Marrell, según ella, no hablaba con palabras: hablaba con reflejos, con remolinos, con hojas que viajaban sin apuro.

Los tres se sentaron en silencio. Entonces, sobre la superficie del agua, Agustín creyó ver una casa llena de risas; Flopi distinguió un puente que todavía no existía; y Marti Soles señaló una pequeña luz que avanzaba río abajo.

—Eso es lo que viene —susurró Marti—. No siempre se puede saber qué forma tendrá, pero sí podemos caminar hacia allá juntos.

Cuando el sol empezó a bajar, la colina se volvió naranja y el río pareció encenderse. Agustín abrió la libreta y dibujó el camino. Flopi agregó flores, piedras y una flecha enorme que decía: “volver”. Marti, en cambio, escribió una frase pequeña al pie de la hoja: “Algunas amistades empiezan como un secreto del paisaje”.

Desde aquel día, Agustín y Flopi regresaron muchas veces a la colina del río Marrell. A veces encontraban a Marti Soles esperándolos; otras, solo hallaban el viento, el agua y la certeza de que algo bueno había nacido allí. Y aunque crecieron, cambiaron y tomaron caminos distintos, siempre supieron que había un lugar donde el río seguía contando historias para quien quisiera escucharlas.

 

Daniel Bonfi