Agustín y Flopi habían escuchado hablar de la colina del río
Marrell desde que eran chicos. Decían que, al caer la tarde, el agua cambiaba
de color y reflejaba secretos antiguos, como si el río guardara historias que
solo se animaba a contarle a quienes llegaban con el corazón atento.
Una mañana de cielo claro, los dos decidieron subir hasta la
colina. Llevaban una mochila con mandarinas, una libreta para dibujar mapas
imaginarios y una pregunta que ninguno se atrevía a decir en voz alta: ¿sería
verdad que en lo alto vivía alguien capaz de escuchar al río?
El sendero era angosto y estaba cubierto de pasto dorado. A
cada paso, el murmullo del Marrell se hacía más fuerte, hasta que parecía
acompañarlos como una canción. Flopi fue la primera en verla: una chica sentada
sobre una piedra lisa, con el pelo moviéndose al ritmo del viento y una sonrisa
tranquila, como si los hubiera estado esperando.
—Soy Marti Soles —dijo ella, sin levantarse—. Y ustedes
llegaron justo cuando el río está por contar algo importante.
Agustín miró a Flopi, sorprendido. Marti les explicó que la
colina no era mágica porque hiciera aparecer tesoros ni puertas secretas, sino
porque ayudaba a recordar lo que uno llevaba escondido adentro. El río Marrell,
según ella, no hablaba con palabras: hablaba con reflejos, con remolinos, con
hojas que viajaban sin apuro.
Los tres se sentaron en silencio. Entonces, sobre la
superficie del agua, Agustín creyó ver una casa llena de risas; Flopi
distinguió un puente que todavía no existía; y Marti Soles señaló una pequeña
luz que avanzaba río abajo.
—Eso es lo que viene —susurró Marti—. No siempre se puede
saber qué forma tendrá, pero sí podemos caminar hacia allá juntos.
Cuando el sol empezó a bajar, la colina se volvió naranja y
el río pareció encenderse. Agustín abrió la libreta y dibujó el camino. Flopi
agregó flores, piedras y una flecha enorme que decía: “volver”. Marti, en
cambio, escribió una frase pequeña al pie de la hoja: “Algunas amistades
empiezan como un secreto del paisaje”.
Desde aquel día, Agustín y Flopi regresaron muchas veces a
la colina del río Marrell. A veces encontraban a Marti Soles esperándolos;
otras, solo hallaban el viento, el agua y la certeza de que algo bueno había
nacido allí. Y aunque crecieron, cambiaron y tomaron caminos distintos, siempre
supieron que había un lugar donde el río seguía contando historias para quien
quisiera escucharlas.
Daniel Bonfi
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