miércoles, 15 de julio de 2026

La colina del río Marrell


Agustín y Flopi habían escuchado hablar de la colina del río Marrell desde que eran chicos. Decían que, al caer la tarde, el agua cambiaba de color y reflejaba secretos antiguos, como si el río guardara historias que solo se animaba a contarle a quienes llegaban con el corazón atento.

Una mañana de cielo claro, los dos decidieron subir hasta la colina. Llevaban una mochila con mandarinas, una libreta para dibujar mapas imaginarios y una pregunta que ninguno se atrevía a decir en voz alta: ¿sería verdad que en lo alto vivía alguien capaz de escuchar al río?

El sendero era angosto y estaba cubierto de pasto dorado. A cada paso, el murmullo del Marrell se hacía más fuerte, hasta que parecía acompañarlos como una canción. Flopi fue la primera en verla: una chica sentada sobre una piedra lisa, con el pelo moviéndose al ritmo del viento y una sonrisa tranquila, como si los hubiera estado esperando.

—Soy Marti Soles —dijo ella, sin levantarse—. Y ustedes llegaron justo cuando el río está por contar algo importante.

Agustín miró a Flopi, sorprendido. Marti les explicó que la colina no era mágica porque hiciera aparecer tesoros ni puertas secretas, sino porque ayudaba a recordar lo que uno llevaba escondido adentro. El río Marrell, según ella, no hablaba con palabras: hablaba con reflejos, con remolinos, con hojas que viajaban sin apuro.

Los tres se sentaron en silencio. Entonces, sobre la superficie del agua, Agustín creyó ver una casa llena de risas; Flopi distinguió un puente que todavía no existía; y Marti Soles señaló una pequeña luz que avanzaba río abajo.

—Eso es lo que viene —susurró Marti—. No siempre se puede saber qué forma tendrá, pero sí podemos caminar hacia allá juntos.

Cuando el sol empezó a bajar, la colina se volvió naranja y el río pareció encenderse. Agustín abrió la libreta y dibujó el camino. Flopi agregó flores, piedras y una flecha enorme que decía: “volver”. Marti, en cambio, escribió una frase pequeña al pie de la hoja: “Algunas amistades empiezan como un secreto del paisaje”.

Desde aquel día, Agustín y Flopi regresaron muchas veces a la colina del río Marrell. A veces encontraban a Marti Soles esperándolos; otras, solo hallaban el viento, el agua y la certeza de que algo bueno había nacido allí. Y aunque crecieron, cambiaron y tomaron caminos distintos, siempre supieron que había un lugar donde el río seguía contando historias para quien quisiera escucharlas.

 

Daniel Bonfi

 

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