martes, 3 de abril de 2012

El Pintor


Adolfo Pigoh estaba transformando el asombroso paisaje que observaba a diario desde el balcón de su casa de montaña en una maravillosa obra de arte.
Ocurría que un día era de pleno sol, otro de nubes, algunos de lluvia, y otros de colorido arco iris. El paisaje no era estático, la obra en el óleo tampoco estaba plasmada rígidamente. Variaba con interesantes retoques día a día. El modelo con que compartía sus jornadas de pintura era muy temperamental y cambiante; pero un día la conoció a ella. Lo deslumbró más que cualquier paisaje. La adoptó para que posara junto al profundo gris de sus vistas, al lado del desolado cielo con nubes, al borde de la cima de la montaña donde se encontraba su lugar de trabajo.
Vivió Pigoh junto a su modelo, a medida que se fueron conociendo, intensas tempestades de amor.
Fue en la cima que conoció Adolfo Pigoh aquella máxima altura del sentimiento humano de cariño y comprensión hacia otra persona; su modelo.
No sabía como hacer para plasmar en el óleo aquello que tanto admiraba en ella. Los interminables y variados laberintos de su alma, junto a la hermosura del ser interior eran muy diferentes a su inmutable figura femenina en extremo atractiva.
Cómo hacer confluir tanta inestabilidad del paisaje con la contrastante figura tranquila de aquella bella mujer.
Adolfo vivió noches de insomnio perturbado por reunir aquellos dos impactantes modelos en su óleo.
Experimentó, Pigoh, durante meses aquella asombrosa discrepancia entre la quietud del cuerpo humano y el dinamismo de los sentimientos; la diferencia entre aquella cambiante visión de la naturaleza que nunca es igual. Sintió Adolfo Pigoh como lo que plasmaba en la pintura formaba parte de su más intensa experiencia.
El no permitió que su modelo femenino observara el cuadro que estaba pintando ni siquiera por un instante. Le había prometido obsequiárselo al finalizarlo.
Decidió resumir su obra en un profundo y poderoso sentimiento.
Al fin, terminada la pintura y finalizado el insomnio de Adolfo, éste enseñó su cuadro a quien aparte de ser su modelo se había convertido en la mujer de sus sueños.
Ella, asombrada dijo: - pero ésta es una flor, ¿dónde estoy yo, dónde el paisaje?.
Verás, dijo Adolfo: en la sencillez de esa flor están reflejados tú y el intenso paisaje. Reflexionando encontré una comunión en el temperamento del espacio natural y en la quietud de tu aspecto. La flor cambia; amanece, vive, y finalmente sufre el ocaso, y todas las flores son bellas, cuando aparecen estáticas ante nuestra fija y asombrada mirada.

martes, 14 de febrero de 2012

Agustín y Flopi en el rescate a la princesa


1 – En el reino de Isla Dulcera

A
gustín y Flopi sospechaban del señor Candi, admiraban a la princesa Dulceza, y se divertían sin parar en el reino de Isla Dulcera. Siempre comenzaban a jugar un juego tras otro. Nunca había un final, si no era ajedrez, era tenis, si no era tenis, eran juegos electrónicos o eran largos paseos por el reino. Si no jugaban a la pelota, corrían en las escondidas. O jugaban con los autitos, o se divertían simulando ser doctores, veterinarios o enfermeros. También jugaban con pequeños muñecos de superhéroes o esbeltas muñecas con distintos aspectos. Entre juego y juego comían caramelos y bombones, cuando no algún turrón de chocolate y nueces.
Las casas eran rojas y las hojas de las plantas amarillas. Las paredes coloradas hacían contraste con los techos y las aberturas blancas. Las veredas, de madera de pino daban un aspecto elegante al pueblo. El aire era suave y con aroma a rosas, aunque en las plazas prevalecía la potente fragancia de los jazmines.
Veían en Dulceza una gran belleza, más linda aún que las muñecas con las cuáles se entretenían, y les gustaba de ella su gran amor por los animales. Cuidaba en su palacio a veintitrés caballos, doce perros y también albergaba en tres acuarios a peces de pequeño tamaño y diversos colores. Los más abundantes eran los de tono anaranjado. Agustín y Flopi también cuidaban a varias mascotas. Uno de sus preferidos era un cobayo que cada tanto se escapaba y roía las puertas y muebles de madera. Otro de los más queridos era el perro San Bernardo al cuál le tenían prohibido la entrada al cuarto donde alojaban el cobayo.
El señor Candi robaba caramelos y juguetes a los chicos del reino y temían Agu y Flopi que estuviera por cometer otras maldades. Su ceño fruncido y la mirada entrecerrada de sus ojos hacían prever que el hombre de joroba pronunciada, gigante y refunfuñón en extremo era por naturaleza maligno.

2 – La princesa Dulceza

L
a princesa Dulceza amaba tanto a los niños del reino que repartía juguetes en los días de fiesta, organizaba grandes campamentos en el campo que había al costado del palacio real donde daba golosinas y preparaba juegos y espectáculos de magia para que se divirtieran los pequeños en los fines de semana. De Lunes a Viernes iba casa por casa revisando las tareas de los niños y les daba consejos sobre como ser buenos chicos que ellos escuchaban con atención y ponían de inmediato en práctica. La princesa Dulceza hacía esa actividad por las tardes mientras que a la mañana le dedicaba tiempo y cuidados a sus mascotas. La mascota preferida de Dulceza era uno de sus perros al que iba a acariciar de inmediato todos los días luego de despertar y desayunar. Mientras desayunaba pensaba en cómo estarían todas sus mascotas aunque sin variación el primero en saludar con una caricia era a su perro Duz, el preferido.
Para las fiestas de fin de año, la princesa recibía las cartas con los deseos de los niños que ellos mismos escribían soñando con el año entrante. Los leía, hacía luego una fogata con ellos y les encomendaba a los duendes del reino que se los cumpliesen.
Dulceza conservaba como papeles amarillos en sus antiguos recuerdos la escuela donde creció su deseo de convertir su reino en un lugar maravilloso. Ella, unos cuántos años más tarde lo estaba logrando. Sus antiguas obligaciones como estudiar y aprender a amar a los demás y respetarse a ella misma resultó en una personalidad brillante.


3- Atardecer sin sol

L
a princesa aguardaba con ansiedad caminando de un lado a otro de la puerta del palacio, entrando, saliendo, entrando y volviendo a salir; la llegada de Agu y Flopi a quienes ella misma había invitado el día anterior a tomar la merienda. Había oído del cobayo y del perro San Bernardo de los chicos y quiso conocer a sus dueños.
Pero para desgracia de la princesa el señor Candi, quién estaba merodeando desde hacía unas horas el palacio al verla afuera no desperdició la ocasión de raptarla, para pedir a los chicos del reino abundantes caramelos y juguetes si es que querían volver a ver a la hermosa princesa.
Horas después cuando todos los habitantes del reino sabían de la desaparición de la princesa la negra noche se adelantó como consecuencia de un atardecer de un día nublado. Un atardecer sin sol.


4- Un sombrero a medianoche

D
espués de discretas y grandes tareas de investigación obtuvieron información útil, los chicos, y Agu y Flopi sobre todo, ya que eran los líderes de la búsqueda de la princesa.
Uno de los chicos relató que vio pasar a unos metros de su casa al señor Candi. Llevaba puesto un sombrero gris. De modo que todos en el pueblo salieron cerca de la medianoche a recorrer la zona por dónde Candi había sido visto.
Agu y Flopi que iban caminando con una linterna cada uno en el medio de la oscura noche alumbraron en el umbral de la puerta de una casa el mencionado sombrero gris, y no tuvieron dudas de que pertenecía al secuestrador.
En unos minutos luego que los chicos dieron aviso del hallazgo, decenas y hasta centenares de niños llegaron al lugar.


5- La fuerza del bien

A
gu y Flopi se pusieron al frente del rescate de la princesa. Se armaron con pistolas de agua, baldes con chocolate derretido, y escopetas con dardos de ventosa. Rodearon la casa, Agu y Flopi subieron al techo y vieron a través de un tragaluz a la princesa maniatada y amordazada. El señor Candi estaba en un escritorio escribiendo una carta a los chicos del reino para solicitar le entregasen golosinas y juguetes a cambio de liberar a la princesa mientras se llevaba a la boca caramelo tras caramelo, bombón tras bombón.
Agu y Flopi hicieron señas a los chicos desde la cornisa para que se dispusieran a ejecutar el plan trazado para el rescate. Dos chicos golpearon a la puerta; el señor Candi espió por la mirilla para ver quién llamaba. En eso Agu y Flopi descendieron por el tragaluz a la habitación donde se encontraba la princesa Dulceza. La desataron, le quitaron la mordaza, se dieron un abrazo y fueron hacia el frente armados con las pistolas de agua y mojaron a Candi. Dieron en el mismo instante una señal con un silbato y los demás chicos forzaron la puerta de entrada a la casa, y se abalanzaron sobre Candi derramándole dos baldes de chocolate derretido sobre la cabeza. Ya en el suelo lo ataron de pies y manos y lo entregaron un poco más tarde a las autoridades policiales del reino. Por fin Candi iba a dejar de perturbar la paz de Isla Dulcera.



6- Final feliz

L
a princesa Dulceza organizó una fiesta para agradecer a todos los niños del reino y feliz con la iniciativa de sus amigos preferidos Agu y Flopi, los invitó para que fueran a vivir con ellos al palacio real. Ellos aceptaron con la condición de llevar consigo al perro San Bernardo y al cobayo, lo cual la princesa aprobó de inmediato. Y así fue que felices y contentos vivieron Agu y Flopi con su querida princesa Dulceza por largos años jugando, cuidando mascotas, comiendo golosinas, y leyendo muchos libros.



Fin

domingo, 14 de agosto de 2011

El Club de los pequeniños


Martina era feliz en su cocina, ya era un hecho para todos que sería cocinera profesional. En sociedad con Agu y Flopi iban a abrir su primer restaurante. Fundaron el comedor “El Club de los Pequeniños” en Diciembre, unos días antes de Navidad. Cocinaban ricas hamburguesas preparadas con pan de sésamo, mayonesa, lechuga, tomate, una hamburguesa con queso derretido y un omelet encima, antes de la tapa de pan de arriba. A los niños les salía esa comida exquisita. Era la preferida por todos en el Club.
Martina un día decidió innovar en sus recetas basando su inquietud en que los niños deben comer de todo, probar cualquier tipo de alimentos y alimentarse con verduras y lácteos a parte de carnes y pan.
Cuando Martina cortaba los pimientos y éstos despedían su característico olor, lo hacía delante de sus niños clientes para que apreciaran en conjunto las cualidades de su cocina. Ponía en una sartén zanahorias cortadas en rodajas sobre el cuenco untado en aceite de oliva. Luego agregaba los pimientos en finas y delicadas tiritas, cebolla en juliana y a deleitarse con la comida luego de unos minutos. Los chicos la aceptaron de buen grado a la receta. Les apetecía descubrir nuevos gustos, jugar con las texturas, los colores y la combinación de sabores.
Agu y Flopi colaboraban ambos muy entusiasmados para descubrir como cocinar y probar nuevas recetas.
Llegó el día del niño y había uno de los clientes, un pequeño que nunca quería comer otra cosa que no fuera hamburguesa, y entonces Martina, la cocinera a cargo del restaurante, le propuso como regalo, a parte de los juguetes, una degustación de comidas variadas. Verduras al horno por un lado y pollo asado con salsa de hongos por el otro. Las verduras que puso al horno eran zanahorias, papas y calabacín cortados en finas rodajas. Quedó todo muy rico y bien cocido, y como el niño presenció todo el proceso de cocción se entusiasmó, decidió probar y le encantó. Fue muy agradecido con Martina y le dio un abrazo y prometió comer de todo de ahora en adelante. Le aseguró que nunca pensó que fueran tan ricas las verduras y las distintas salsas, como la de hongos del pollo.
Martina, Agu y Flopi estaban felices con su emprendimiento y siguieron adelante con la premisa que cualquier niño puede disfrutar todos los sabores de la cocina y alimentarse de ese modo muy bien.

sábado, 6 de agosto de 2011

En Breve


    El Velero en el lago

En el lago, navegando de este a oeste. Las velas desplegadas en su totalidad. El viento sopla, el viento conduce. Apoderándose como un pirata. La cubierta casi reluciente. La botavara se desplaza, el foque imprime fuerza. A babor las sierras, a estribor la playa. Navega incansable. Solo e incansable. Miro, y nadie lo tripula. Fantástico.


El sueño

Despertó temprano. Saltó de la cama. Tomó un vaso de agua. Tras un suspiro prolongado olvidó el mal sueño.


Hospedaje

No había dónde alojarse. Se quedó bajo el cielo, solo.


El reloj

Ayer nomás abrí el cofre, lo miré, funcionaba como debía, marcaba el paso de las horas desde mi nacimiento, nunca un traspié, nunca un atraso, tampoco adelantaba. Marcaba el tiempo justo de mis horas de trabajo, de mis horas de recreo, de mis horas de descanso. Registraba la hora exacta de mis amarguras y su duración, y las de mis alegrías.
Hoy desperté agitado, apesadumbrado, con fiebre. El reloj se paró a las nueve y ocho minutos, cuando mi vida se detuvo también.


¡Cuidado, joven!

El reloj daba las doce. Con torpeza y premura salió el joven del trabajo. Digo yo, por qué se conduce tan rápido. ¡Cuidado joven!

sábado, 26 de marzo de 2011

El tío Ruperto "Cap. 13 - FIN"

Ruperto tuvo la oportunidad de despedirse de todos nosotros durante una triste semana de agonía. Nadie esperaba el desenlace, pero a sus 90 años todo parecía más aceptable.
En una fría mañana de agosto tío Ruperto murió al abrigo de un cálido hogar y acompañado por sus afectos, único capital que cosechó en vida y llevó a la eternidad.
Nuestro único consuelo es saber que hicimos todo cuánto pudimos y estuvo a nuestro alcance en vida para socorrerlo en los momentos difíciles y acompañarlo en otros más dichosos como cumpleaños y navidades o simples y mundanas conversaciones a lo largo de muchos años.
Teresa está muy triste por la partida de Ruperto pero con la justa resignación de una persona que vivió parte de sus días al servicio y entrega de una vida sincera, sufrida y necesitada como la de Ruperto. Ella no deja de recordar las últimas palabras que el tío le repetía sin cansancio todas las noches al acostarse: “Dios la bendiga señora buena”, y esto le sirve de bálsamo para enfrentar sus actividades cotidianas y tiene la certeza de transitar por la vida de ahora en adelante con dicha bendición.
Y así con su paso silencioso por esta vida el tío Ruperto nos dejó a todos la importancia de vivir una vida con valores, sentimientos y solidaridad para nuestros semejantes.
Tengo la clara convicción y un hondo sentimiento de que nunca te olvidaremos querido tío Ruperto…
Hasta siempre. Que en paz descanses.

FIN.


In memoriam C.E.B. Nacido en 1920 y Fallecido en 2010.

La presente obra “El tío Ruperto” no es una biografía en lo estricto del término. No obstante tiene mucho de real y algún condimento de ficción sólo para embellecer la narración.

Daniel Bonfi.

Marzo de 2011

sábado, 5 de febrero de 2011

El tío Ruperto "Cap. 12"

Teresa cuidaba de Ruperto con esmero y dedicación. Por la mañana lo higienizaba con la ayuda de una esponja con habilidad adquirida tras los meses de cuidado. Mientras lo vestía al abrigo de una estufa a kerosén y con suma destreza para emplear el menor tiempo posible y Ruperto no tomara frío escuchaban la clásica música de tango del programa matutino radial que llenaba el alma del tío por los gratos recuerdos que le traía pensar en Margarita. Luego sentado en la cama lo calzaba con abrigadas pantuflas y lo guiaba hasta el comedor, unos pocos metros más allá para servirle el desayuno. Le daba los acostumbrados criollitos de chicharrón que Ruperto tanto disfrutaba y le preparaba un cacao con leche para después a media mañana cebarle unos mates, otro de los grandes placeres del tío.
Teresa era una mujer muy trabajadora y se encargaba ella misma de limpiar la casa. Aseaba el baño, tendía la cama, repasaba los pisos con la practicidad e higiene de los modernos líquidos de limpieza desinfectantes y aromatizantes. Lejos habían quedado los días en que Margarita en cuclillas aplicaba parafina a los mosaicos.
Teresa disfrutaba mucho atender y darle cariño a Ruperto. Siempre lo abrazaba, acariciaba su nuca y conversaba con él. Le gustaba también cocinarle, cosa que hacía con mucho sabor. El tío esperaba con ansias la hora del almuerzo y siempre comía los alimentos servidos a la mesa con mucho apetito.
La merienda consistía en otra taza de leche con chocolate y a la tardecita Teresa le cebaba mates otra vez, que era una costumbre muy arraigada, en el tío, tomarlos.
A la cena Ruperto pedía sólo un plato de sopa porque quería comer liviano antes de dormir.
Luego de acostado, Teresa se despedía hasta el día siguiente y Ruperto le daba las bendiciones acostumbradas: “Dios la bendiga, señora buena”.

sábado, 29 de enero de 2011

El tío Ruperto "Cap. 11"

Ruperto se sentía culpable en ocasiones por la muerte de su esposa. Esto era debido a que enfermó y no hubo medio para hacer nada con el fin de salvar su vida.
Parte de su culpa provenía porque había rezongado de la Iglesia por mucho tiempo y además tía Margarita le recriminó esta actitud durante años.
El problema era que ahora tío Ruperto se encontraba solo, sin su esposa. Nos tenía a nosotros pero a pesar que nos veíamos seguido tanto por ir a visitarlo como por venir él a nuestra casa la soledad sobre todo de la noche se hacía difícil de sobrellevar. El tío recurría a todo tipo de estrategia para mitigar su estado. Repasaba el diario en la cama antes de dormir, o miraba televisión enseguida después de cenar. El objetivo era no pensar en su situación que le resultaba agobiante. Mientras preparaba la cena escuchaba radio y ya tenía sus programas preferidos, tanto que el inicio de la cocción de los alimentos tenía que coincidir con el horario de comienzo del noticiero radial en el cuál había pausas donde ponían música de tango que le traía recuerdos agradables de su época junto a la tía.
Ruperto con el paso de los años empezó a depender cada vez más de nuestra asistencia. Primero para que le administráramos su jubilación, luego para hacerle las compras en el supermercado, después para llevarle comidas preparadas y al último hasta para controlar que comiera sus alimentos. Para ésta última, importante e insustituible tarea contamos tanto Ruperto como nosotros con la valiosa ayuda de Teresa, la vecina que vivía en la casa al frente de la del tío.
Teresa empezó cuidando al tío de a poco hasta que se transformó en su ángel guardián. Tío Ruperto llegó a quererla mucho, y la respetaba tanto como el cariño que sentía por ella. Siempre al despedirse después de que Teresa le preparaba la cena le daba un tierno beso en la mejilla y le daba las bendiciones y buenas noches preguntando ansioso si iba a volver al día siguiente. Ante la respuesta afirmativa de Teresa se quedaba, contento, tranquilo y contenido y mientras ella cerraba la puerta por el lado de afuera él se quedaba susurrando: “que buena mujer, que buena señora, que Dios la bendiga”. Y también la tenía presente en sus oraciones pidiendo que tuviera fuerzas para no abandonarlo; fuerza que Teresa mostrara tener hasta último momento y ante las circunstancias más tristes.
Se prolongó durante un intenso año la relación de Teresa y Ruperto. Tiempo durante el cuál ella atendió al tío con dedicación y amor. Un amor muy especial y tierno que convertía los días de Ruperto en jornadas muy especiales. Cómo él ya no veía muy bien debido a una enfermedad hereditaria en sus ojos, ella siempre lo tomaba de la mano y lo guiaba adonde pedía ir. Siempre lo mantuvo prolijo e higienizado. A Ruperto le gustaba mucho como cocinaba Teresa y especialmente disfrutaba de la sopa que le preparaba en las noches de su último invierno.